A mi monumental incultura musical se sumó, primero, el asombro ante la cantidad de gente que un miércoles a las 21.30 horas se había congregado para ver a esta cantante mexicana (de padre cineasta norteamericano y madre cantante mixteca, rezan todos los panegíricos). El Palacio de Congresos de la Castellana estaba hasta arriba. Pero luego la sorpresa fue aún mayor.
Con un arranque suave, sin alharacas, esa mujer menuda y pequeña (al menos eso me parecía desde el anfiteatro) fue desplegando poco a poco su voz prodigiosa, valiéndose para ello de boleros, rancheras, corridos, canciones populares mexicanas pero como distintas, como si le hubieran hecho una relectura actual, muy siglo XXI, y aventado con aires de jazz, de gospel, incluso de hip-hop. Y no sólo no chirrió el invento sino que construyó un emocionante e inolvidable monumento sonoro.
Ni que decir tiene que me oiré todos sus discos (tiene cuatro hasta el momento), y que no me la pienso perder cuando vuelva por España, allá por noviembre según tengo entendido.