Mario no montó en aquel entonces el negocio (por lo visto, tenía los contactos adecuados), y se quejaba amargamente porque, de haber sido el primero en el mercado, hubiera tenido la posibilidad de hacer mucho dinero. Buah -pensé yo-. Esto del pádel no puede ser más que una moda pasajera. Una especie de tenis, pero en chiquito y emparedado. Pero, de nuevo, me equivoqué. Desde hace meses, en mi trabajo -Truman puede dar fe de lo que digo- se ha organizado una liguilla de pádel que, poco a poco, ha ido extendiendo sus tentáculos hasta llegar a implicar a casi todo el mundo. Digo bien. Hay días que, a la hora de comer, quedamos sólo un puñado de irreductibles resistentes a la moda de la raquetita.
Yo al principio pensaba que eran como una secta, la secta del pádel, gente que estaba dispuesta a sacrificar su tiempo libre (incluso la hora del almuerzo) para seguir viéndole la cara a algún compañero de trabajo y -quizá- desfogar tensiones a fuerza de raquetazos. Pero ahora me doy cuenta que no. Que quizá la secta seamos nosotros, las tres o cuatro ovejas descarriadas que seguimos sin pasar por el aro del pádel. El otro día me lo decía F., el vendedor de camellos majorero: Si no juegas al pádel -me dijo- nunca te vas a socializar, Martín. Y creo que tiene razón: nunca me voy a socializar. Ni aunque juegue al pádel.